Por: Dicky Panay

Panamá es un país rico, lleno de asimetrías sociales, económicas y culturales. Los tomadores de decisiones consientes o inconscientemente han favorecido los intereses particulares de un grupo cada vez mas pequeño con respecto al todo, produciendo un escenario altamente volátil en el aspecto social y político dentro de la sociedad panameña.

Las brechas sociales en materia de ingreso nos sitúan en el puesto número uno de la desigualdad entre partes sociales, es decir, los más ricos tienen mucha diferencia con los más pobres. El problema es que los últimos crecen relativamente mucho más rápido. Su crecimiento en la época de la información produce reacciones como la primera huelga nacional por la desigualdad en junio julio del 2022, preámbulo del movimiento anti minero del 2023. El primer movimiento desestabilizó la gobernanza nacional y el segundo las perspectivas económicas nacionales. Ambos efectos incrementaron las brechas económicas y sociales y han permitido por primera vez una incursión ideológica de izquierda en la política electoral que va permeando un mayor grado de diferenciación entre grupos y que, dicho sea de paso, ha obligado a muchos candidatos a usar lenguaje distinto al habitual.

En materia económica, la brecha es más peligrosa. Concentramos esfuerzos en el desarrollo material de la Ciudad de Panamá tanto en materia de infraestructura como de servicios. Consecuentemente, medio país se vino a la ciudad y ya en el año 2000 sabíamos que era un fenómeno que deberíamos haber dado la vuelta, construyendo otros territorios en desarrollo, otras ciudades en el interior y otras regiones, pero no sucedió y todavía queda como tarea pendiente. Pero ¿qué significa esto en materia de economía? en materia de desarrollo que hacerlo hoy es más caro, retrasos en la reversión de procesos de inmigración, de educación, de infraestructura y amenazas constante de inestabilidad social y política, amenazas en materia de ingresos y porque no de éxitos en un mundo mas dinámico donde la dominancia territorial está amenazada por los esfuerzos de todos los países en impulsar sus territorios. México y Costa Rica con su Canal Seco y sus ferrocarriles, Colombia y Jamaica con sus puertos son los más visibles y recientes ejemplos. La apuesta por la competencia territorial es un hecho al cual tenemos que ponerle atención y la razón es que tenemos ventajas. Los grupos de poder acostumbrados a las grande y rápidas ganancias solo deben comprender una cosa simple y básica: si quieren sobrevivir en paz y con éxito hay que corregir las brechas económicas para garantizar la gobernanza nacional y así fortalecer la democracia y la libertad, condición para la prosperidad. Entre más atrasen esas decisiones, más riesgosa será su actividad. En este escenario, el gobierno jugara un rol preponderante ya que le toca el papel de redistribuidor de los recursos.

Las brechas culturales afectadas por procesos educativos de mala calidad y deformes sin alineación nacional nos separan de más de un millón de panameños a causa del irrespeto constante a sus derechos como ciudadanos y a la falta de visión de la mayoría de los que en los últimos cuarenta años nos han gobernado. El rescate de esta población, los indígenas y grupos de campesinos de multi origen étnico se hace necesaria y no solamente en sus territorios sino también en las ciudades donde una parte importante de la población marginal de esos pueblos ha llegado en busca de esperanzas.

Como hemos analizado, la desigualdad en materia de desarrollo, o sea, la existencia de brechas no solo es un estado injusto en materia de desarrollo humano y social sino mas bien una amenaza creciente a la estabilidad y a la generación de condiciones para lograr la prosperidad de los panameños.

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