por: Nancy Prietto

La llamada Trampa de Tucídides vuelve a cobrar fuerza en el tablero global. El concepto, inspirado en la antigua rivalidad entre Atenas y Esparta, describe el momento en que una potencia emergente desafía a una potencia dominante y el miedo, más que la razón, comienza a dirigir las decisiones.

Hoy, esa lectura se proyecta sobre la relación entre Estados Unidos y China. De un lado, Washington, con Donald Trump al frente, busca preservar su influencia militar, financiera y diplomática. Del otro, Pekín, bajo el liderazgo de Xi Jinping, avanza como potencia económica, tecnológica y estratégica, reclamando un lugar mayor en el orden internacional.

El punto más sensible es Taiwán. Para China, representa soberanía. Para Estados Unidos, estabilidad regional, credibilidad estratégica y una pieza clave en la cadena mundial de semiconductores. En ese cruce de intereses, cualquier error de cálculo podría tener consecuencias globales.

Pero la historia no está escrita. La Trampa de Tucídides no predice una guerra inevitable; advierte sobre el peligro de convertir la competencia en amenaza absoluta. La diplomacia, la comunicación estratégica y la interdependencia económica siguen siendo los diques que pueden contener una crisis mayor.

Porque entre Washington y Pekín no solo se disputa poder. También se decide si el siglo XXI será administrado desde la razón o desde el miedo.

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